Si bien me hacen feliz mis amigos de los dedos de una mano, y la soledad de mi casita muchas veces es mi mejor compañía, no hay muchas alegrías compartidas con quienes he querido alguna vez pensar, que podría compartirlas.
Si bien vivo sin dejarme embaucar por farsantes, y soy consciente de que vivo en una sociedad con leyes y normas, que siempre veré como inventos innecesarios en nuestras vidas, me involucro, sin fanatizarme, y me encuentro en un circo al que no tenía el más mínimo interés de asistir. Pero estoy, esquivando boludeces que hacen los actores para entretenerme. Y no puedo abrir la puerta y salir; o sí puedo, pero no quiero. Hay otros actores, los de mi propia vida, de los que no quiero alejarme y por los que elaboro cualquier plan de sobrevivencia y tolerancia, para conseguir levantarme cada mañana con la mínima satisfacción de que hago lo que quiero, y no lo que me quieren hacer creer que debería querer, defender. Pero el circo es muy grande y está lleno de gente mediocre, soberbia, corrupta, ambiciosa, ingenua, ciega. Mezclados, los que hacen el show y los que los aplauden, o en los peor de los casos, los adulan.
Si bien los deseos son el motor de cada día, cada vez es menos espontanea la salida de ellos al exterior. Más medida, para no quedar expuesta al abandono por querer compartir, proyectar, jugar, explorar. Tengo un deseo visible porque me sale por los poros, las pestañas, y nadie, absolutamente nadie, desea mi deseo. Entonces mucho más no puedo seguir, porque mi deseo es para compartir, crecer compartiendo, elaborando, brindando. Aceptando. Es un deseo de decir lo que pasa y no ponerle prejuicios, relajarse. Y como todo es parte de un todo, mi ansiedad de deseo por salir, se vuelve torpe, porque el todo del que es parte, observa demasiado su expresión, y lo inhibe. Lo hace artificial, medido, ansioso. Mi deseo se torna cada vez más ansioso, menos divertido. Casi casi imposible. Casi… por eso sigo, sueño, renuevo el deseo, la apuesta. Y me hago cargo de mis desbordes y busco encontrarme el eje que dosifique lo que doy de mí.
Así y todo, llega el fin de año de este calendario y el gesto que mejor me sale, es el de gratitud. A muchas personas, experiencias. Todo suma, aporta al crecimiento, al goce de la vida. Que el goce con matices es más rico, más sabio. Llego tropezando, muchas veces con la misma piedra y sin comprender, cómo puede ser que no me haya dado cuenta, o que no haya intentando hacerlo distinto esta vez. Preguntas sin respuesta, que se vuelven poesía en un papel.
Agradezco a mi coraje que me llevó a dar el gran paso para salir del nido.
Agradezco a los amigos, a los de los dedos de una mano, que empujaron a mi coraje para que me empuje a salir (no sólo del nido, sino de tantas otras).
Agradezco a mi responsabilidad, que me llevó a sostener un puesto de trabajo que me ayuda a sostener e
Agradezco a mis padres y a mi hermana, por hacer honor a ese título que tienen en mi vida, con los gestos más amorosos que estos vínculos pueden dar.
Agradezco a mi Jacqueline, por darme su energía a través del océano, que sin más explicación que la pura felicidad y un puro amor, logra hacerme más liviano este camino.
Agradezco a mi pasión, mi arte, por no abandonarme, por estar siempre esperando que lo quiera usar, para sentirme libre y en armonía.
Y así y todo no sé bien qué es lo que pasa.
Pero ya lo dijo Lennon: es la vida lo que está pasando, siempre.
Mientras nos ocupamos de hacer otras cosas.