2 de noviembre de 2009

Breve















El último beso en una cama
no pidieron más
que un último beso
sin pedirlo
sin saber

el primer paso a lo verdadero
que brota desde el comienzo
sin cama
ni beso
ni después

el dolor de terminar pasado
presente
futuro
nada más que hoy
en las venas

dos, convertidos en otro algo
más eterno
menos pasional
más ser humano
menos artificial

cien lágrimas contadas con una mano
una vuelta de página
otra más
auxilio para respirar
bronca con el pasado
presente
futuro
desprecio por el hoy
que no se va

la primer mirada
en medio de una sonrisa
el último beso
en las ganas de llorar

sabor de una mano entrelazada en la mia
caricias de una voz cortando el poco aire para respirar


el último beso en los labios
en medio de una caricia
habló tan fuerte que nos desnudó
y quedamos rendidos
burlados por nuestra sonrisa
quemando al futuro que acabábamos de soñar

un sueño breve
como de siesta a media tarde
y ahora
un largo comienzo
para despertar

10 de septiembre de 2009

¡Es una varón!

Tenía que ser varón, para jugar a la pelota o con los autitos. Para no sentirse tan fuera de lugar cuando le dice a alguien que le interesa. Esas son cosas de hombres. Y quedarse mirando a alguien hasta intimidarlo; y pasar el brazo por encima de su hombro cuando están sentados.
Tendría que haber sido hombre, porque fue gestada como tal y es creer o reventar, pero esos misterios que involucran a los genes y los pensamientos, parecen no equivocarse. Porque recién cuando nació comprobaron que era nena. Y tendría que haber sido varón. Porque sus ganas de llevarse puesto al mundo no son propiamente femeninas, y está claro que es más afín a las groserías que a las sutilezas. Está en su sangre porque así se gestó.
Varón.
Porque ya está claro que su vientre no dará frutos. Porque ningún intento de conquista se llega a cumplir, ya que la estrategia no conecta con su esencia de varón. Porque su aroma no es de mujer y es buena compañera de bromas y hasta de placer, pero después se mezcla lo que su pensamiento mujer busca, con lo que su esencia hombre puede obtener.
Y no encaja, algo no está bien. Llora como una niña, como mujer, pero la vida le da golpes que sólo un hombre debería vencer. Queda fuera de lugar su forma masculina de sentarse, su comodidad en poner las manos en los bolsillos del pantalón; su amor infinito por compartir momentos junto a su padre; su coraje para realizar grandes esfuerzos, propios de un varón.
No tiene salida del cuerpo ni de la educación que le tocó.
O sí la tiene…
Aprendió que su rol debe ser femenino. Y quiere ser madre y su cuerpo seduce y hasta se jacta de tener el instinto de mujer. Así descubrió que tenía que ser varón. Y hoy muere una noche más entre lágrimas, creyendo que encontró una buena explicación.

11 de agosto de 2009

En soledad

¿Quién quiere viajar en soledad?
Quién se anima a encontrar el misterio de sus propios ecos, sus murmuraciones, los sonidos y las huellas de sus pasos.
Quién se anima a que nadie lo persiga y lo cuestione, nadie lo tome de la cintura, o apoye su mano en un hombro.
Quién pretende no aburrirse de su propia sombra en el camino. De ser el único en las fotos.
Quién le hace frente con sólo un par de oídos a los sonidos de la aventura en cada esquina. A quién le basta sólo con un par de ojos.
Quién pretende sólo frotar sus manos entre sí, para quitarse el frío, o a calentar el cuerpo sólo con más ropa de abrigo.
Quién no le teme a la locura de las charlas en el espejo o a las decisiones consultadas con la propia conciencia.
¿Quién se anima?
¿Quién le hace frente?
El viaje de pronto, es la obligación de hacer el viaje. Es una soledad que ya es amarga, pero su sabor no molesta. Es cuando se acepta el camino tal y como pareciera que quiera estar.
Y el viajero solitario hace carne su destino y brindará su persona como ejemplo, cuando escuche la pregunta ¿quién se atreve a viajar en soledad?

10 de julio de 2009

Se vende

“Se vende”, dice el cartel en el frente de la casa. Y la vecina de al lado, que conoció a mis abuelos, se puso a llorar. A pesar que ya han muerto hace algunos años, que la casa esté allí, o que aún pertenezca a la familia, es como si ellos, mis abuelos, siguieran vivos. Es como si Don León siguiera abriendo el portón del garage y sacara el taxi para ir a trabajar. O es como si amaneciera otro día con una idea nueva para remodelar la casa, y saliera a comprar materiales mientras el taxi queda en el chapista unos días más, de los tantos que ya ha estado. O es como si Doña Cata caminara lento por la gran casa, con sus eternos dolores de pies, y preparara la comida para León y después quizá pase la tarde mirando alguno de los novelones de la tele. Y en la tardecita, llame a casa y hable con alguna de sus nietas o con su hija y conversen un largo rato.
Y muchos años más atrás aún…
Quizá es como si estuviera allí Chiquita, la que saltaba y movía la cola a más no poder cada vez que íbamos algunos de los nietos. Y se quedaba horas debajo de nuestras caricias. O cuando pedía de entrar en las noches frías de invierno, para quedarse quietita en su rincón, debajo del tocadiscos. A lo mejor pareciera que está por venir alguno de nuestros primeros cumpleaños y la casa se llena de gente y de sillas y de ruidos y de música y de juegos, hasta que nosotras cinco nos ponemos al frente de la familia y hacemos una pieza musical. Cómo nos divertíamos…
Quizá sea uno de esos días que nos quedábamos a dormir y yo siempre sentía que me caía mal el desayuno, hasta que enseguida entraba bien en confianza y me olvidaba del asunto. Y entonces saludábamos por teléfono a mamá y después nos dedicábamos a jugar ahí, a ayudar a la bobe, a leer los cuentitos, o la acompañábamos al almacén de Don José. O íbamos a la calesita en el taxi del zeide.
Son tan grandes y numerosos los recuerdos, como metros tiene la casa. Tan grande… Y hoy, parada en medio del vacío que hay en ella, no puedo más que sentirme inmensa y creer que necesitaría el doble del espacio para volver a disfrutar como disfruté. La casa pareciera que tan sólo fue grande en proporción a mi niñez. Y no es así. La observo desde la arcada de la cocina, mirando hacia el comedor diario y luego el principal, y si no fuera porque veo la hilera de mesas y sillas que formábamos en cada cumpleaños, no creería que el espacio es suficiente. La observo desde la puerta de entrada de la calle, viendo el pasillo de ingreso, y si no fuera porque me escucho corriendo y agitarme, no creería que con tan pocos pasos pueda recorrerlo. Me paro en medio de la cocina, y si no fuera porque tengo todos los olores impregnados en el recuerdo, no tendría la capacidad de recordar todas las comidas que se hacían allí. Me paro en la habitación que fue nuestro dormitorio los últimos años, y si no fuera porque extraño los acolchados, la biblioteca con sus maravillosos libritos, la mesa con las fotos debajo del vidrio, no podría creer que ese lugar hoy tan frío, me dio tan inolvidables momentos. Al otro lado está la habitación que era de mis abuelos, y si no fuera por el recuerdo de la cama altísima que tenían, creería que con sólo ponerme en puntas de pie, puedo sentirme un poco más alta. Voy a la terraza, y si no fuera porque mis ojos de niña la siguen viendo como la inmensa casa que en efecto cubre, dudaría si en verdad abarca todas las habitaciones.
Es que la casa parece haberse convertido en una maqueta y todos nosotros, pisando estos recuerdos, la desnudamos para venderla al que la quiera comprar. Será el impulso a sacarle no sólo lo que ocupa lugar allí, sino también nuestra historia, que jamás se irá de todos modos, ni de esas calles ni del recuerdo de los que nos conocieron. Los que nos veían cada fin de año asomados a la vereda para sumarnos al baile, cortando la calle hasta bien pasada la madrugada. No he vuelto a tener un fin de año con la misma sencillez. Nos esmerábamos para ver a quien de nosotras cinco miraba el nieto del vecino de al lado, o nos desesperábamos para que nos enciendan las estrellitas para hacerlas girar. Y feliz año Doña Cata. Y feliz año Don León. Y ellos estaban contentos…
Miro la parrilla y su quincho con techo de chapa que construyó mi abuelo, y si no fuera que supiera lo desarmada que quedó la familia, creería que ese fue el motivo de encuentro y distensión que tuvimos todos para compartir. Apenas unos pocos asados le duró la ilusión de unión a mi abuelo. Después quedaron los mosaicos y sus colores y la parrilla casi intacta para algún próximo que vendrá.
Además de los espacios y sus sonidos, quedaron sus palabras, sus anotaciones, sus miles de papeles. La mayoría son de mi abuelo, el más meticuloso de los dos. Gracias a eso, no solo tengo el recuerdo de sus manos firmes y su hablar extenso y rico en experiencias de vida, sino también su caligrafía y sus planes, sus ideas, sus puntos de vista y algunos sentimientos. Esos me los guardo todos. Con ellos, quizá dentro de algún tiempo, cuando la casa ya no sea nuestra casa, pueda volver a construirla. Y junto con cada recuerdo y cada sensación vea de vuelta esta porción de mi pasado que tanto incide en cada momento del hoy. Cuando la casa sea de otro quizá algún vecino vuelva a llorar. Quizá alguno de los nietos vuelva a recordar y quizá alguna de las hijas no quiera irse de ese lugar. Hoy que la casa está en venta, yo no puedo parar de llorar. Y le pido a mi mente que no se detenga cuando ingresa en medio de aquellos muros, porque sé que luego viene el fuerte deseo de agarrar el reloj y mover el tiempo para atrás. Y volver a ser niño y solamente disfrutar de la casa inmensa que construyó mi abuelo, para que podamos sentirnos felices y jugar.
Quizá, zeide, creo yo, no alcanzó con esta casa. Pero me quedo solamente con los recuerdos que me hacen bien, los ricos olores, las tranquilas tardes, la escoba del quince, los niños envueltos, el “comé que se viene frío”, los estornudos que asustaban, las caricias, la Chiquita, los discos, las reposeras, los cuentitos, los sillones, los cumpleaños, los “comé un poco más”, el barquito que cambiaba de color según el clima, las copitas chiquitas de licor, el rosal, el aloe vera, las fiestas de fin de año, la vajilla…
Cada rincón, cada milímetro de esa casa siempre será nuestro. Porque la casa de mis abuelos no fue sólo esa edificación. La casa de mis abuelos es cada sonido que en ella hubo y todo lo que ocurrió dentro de esos muros. Tus manos, zeide, hicieron posible su recuerdo palpable. Pero la vida, nuestra historia de vida, hizo posible todos estos recuerdos, que harán que ese espacio donde montaste la casa, sea eternamente nuestro.

7 de julio de 2009

De mis manos

Con la Tierra en la mano como si fuera una pelota de fuego. Jugando, haciéndola rodar. No me quema su calor de más de cien grados. No entiendo cómo logré tenerla en mis manos antes de que me devore. Nos quedamos en el vacío de un negro infinito, ella y yo. Y no le encuentro un espacio de aire que se pueda respirar, sin caer en la tristeza de los recuerdos de aires frescos. Me quedé ésta mañana con la Tierra en las manos. Me puse a llorarla y también le grité. La dejé sobre el piso y empecé a caminar alejándome, pero no pude olvidármela, y regresé. La empujé hacia delante para que llegue bien lejos, y caminé en sentido contrario, pero ella no rodó. Me volví para ver si ya la había perdido de vista; allí estaba, ardiendo, y me conmovió.
Me quedé todo el día con la Tierra en la mano; es mi vida también la que está allí. No recuerdo haber escuchado mentira tan absurda como la del miedo a seguir. Porque viendo las llamas que ardían en mis manos, sentí más valor que temor. Y la risa del viento que avivaba aquel incendio, me invitó a sentarme y confiar. Un instinto verdadero como la vida en estado puro, como la que la Tierra alguna vez vivenció, se instaló entre las yemas de mis dedos y la atmosfera de calor. Me di cuenta que de tan blanda que se puso podía moldearla, hasta estirarla y sacarle la forma de esfera que siempre tuvo. Sería mi Tierra alargada: los ríos serían más largos, los océanos menos anchos para llegar más rápido hacía otro lugar. Algunos árboles serían altísimos y otros pequeños podrían crecer más.
Me quedé jugando con la Tierra en mis manos. Mientras todo a mí alrededor seguía oscuro como la noche que nunca deja de ser. Me quedé mirando el fuego amarillo, rojo, naranja. Ya casi nada quedaba en pie. Decidí no tocarla y dejar que se consuma, el universo ya sabría a dónde llevarme después. La apoyé en el piso, me recosté a su lado y la miré. No le quité los ojos de encima, saltaban chispas de color añil. Me acordé de un verano en que soñé que cambiaría al mundo; después, de un invierno cuando lo olvidé. Y un colibrí que divisé ya sin vida en medio del fuego, me recordó la primavera en la que recobré la esperanza para seguir. Giré la cabeza y me quede mirando hacía arriba, tan solo escuchaba los ruidos de la Tierra quemándose. Cerré los ojos y comprobé que no podía dormirme, que no me iba a dormir más. Que ya el mundo había cambiado. Que ésta ya no era esa vida, está era la verdad. Una verdad oscura, pensando en la luz que conocí. Pero todo estaba muy claro, y tan solo tenía que dejar que la Tierra se consumiera en el fuego y levantarme y seguir.
Me quedé con las cenizas de la Tierra incendiada. Una cremación programada por la propia humanidad. Se hizo daño mucho de lo que habíamos creado. Pero de todas maneras me reincorporé de donde estaba acostada, y ciega como me sentía por tanta oscuridad, caminé llorando siguiendo la luz del interior de mi vida, hasta que encontré estas palabras cayendo de mis manos, y te las empecé a contar.

3 de julio de 2009

El abuelo

“Recuerdo es la palabra clave que conecta el pasado con el presente y el pasado con el futuro.
Recordar significa renovar la fe en la humanidad, en el sentido de un reto para la humanidad, para así darles sentido a nuestros humildes esfuerzos.”

Elie Wiesel


Aún no había amanecido. Gracias a la corrida en metro desde Issy Le Moulineaux, pudo llegar a tiempo a la estación. El tren partió puntual de París St. Lazare a las siete y media de la mañana. A pesar de los maravillosos lugares que venía recorriendo en Europa, a lo largo de dos meses, otro entusiasmo que el puramente turístico, la condujo esa mañana hacia el norte de Francia, a tres horas de tren desde París. Luego de ubicarse en su sitio dentro del vagón, volvió a disfrutar que su camino se convirtiera en una vía de tren, alguna similar quizás, a la que el abuelo Schlomo había recorrido cuando huyó de Polonia. Un motivo diferente para el mismo destino: el puerto de Cherbourg. Miró por la ventana, pero la oscuridad del exterior y la luz dentro del vagón, sólo trajeron su propia imagen reflejada en el cristal. Aburrida de ser otra vez ella misma la que se observara, cerró los ojos para descansar.
Cuando despertó ya había amanecido. El verde de los campos franceses se lucía a través de las ventanas. Tomó un libro del bolso que traía consigo, llevada más por la necesidad de matar el tiempo, que por el propio interés por la lectura. Apenas logró concentrar un poco su atención, sus ojos no vieron las palabras escritas, pero sí los rostros de quienes estaban océano de por medio, ansiosos por conocer cada experiencia que Mara podía contarles. Y ésta iba ser una de las más importantes: iba a ser el viaje que cerrara el círculo con un pasado ausente, dibujado en la imaginación durante tantos años. Mara sintió que sus seres queridos tendrían que haber estado allí con ella. Así fue como su ausencia le pareció injusta. Pero no tuvo más remedio que resignarse a la soledad. Miró por la ventana y una lágrima al caer, humedeció una página del libro abierto en sus manos.
Mara había conocido a su abuelo paterno Schlomo, a través fotos y por las anécdotas que su papá le había contado de la infancia. Era tal la admiración que demostraba en sus relatos, que muchas veces Mara se preguntó si su padre habría sentido tristeza alguna vez, por no tener a Schlomo con vida cuando nacieron ella y su hermana, las nietas. Aquella mañana, Mara supo que pisar tierra en el puerto de Cherbourg, iba a ser el encuentro que nunca ocurrió con el que había cambiado el curso de su vida, subiéndose a un barco con destino a Buenos Aires, ochenta y cuatro años atrás.
Divisó un cartel sobre una colina con el nombre de la ciudad. La urbanización de Cherbourg comenzó a asomarse. Restaba media hora de viaje para llegar a destino. Mara intentó imaginarse con su abuelo en aquel viaje: experimentar sus miedos y expectativas; su tristeza por dejar la tierra donde había nacido, mezclada con la necesidad de huir de la guerra, de las persecuciones y del hambre. Sabiendo en lo que se había convertido esa Argentina soñada por el abuelo, Mara no pudo más que ahogarse en su tristeza, pero a la vez, intentó detener esos torturantes pensamientos.
Cuando llegó a Cherbourg, un profundo olor a mar realzó la importancia portuaria de la ciudad. Apenas salió de la estación de tren, encontró unos carteles que contaban la historia de los buques que en el correr de los años, habían partido desde Cherbourg. Parte de su historia estaba ahí. Miró alrededor e intentó reconocer algún sitio. Algo le dijo que no era esa la primera vez que estaba en ese lugar. Llenó sus pulmones del aroma de mar. Observó las gaviotas merodeando el cielo diáfano de aquella mañana. Pretendió contarles con su mirada a los pobladores del lugar, que su historia había comenzado en ese lado de la Tierra. Y que ella fue hasta allí para cerrar un círculo, más de ochenta años después. Que su abuelo era feliz de que una de sus nietas llegó a la parte del mundo donde él había comenzado un camino de esperanza y cambio. Mara caminó hacia el sector de los transatlánticos y en cada paso imaginó los edificios más viejos, los caminos más precarios y los barcos menos lujosos. Imaginó también, que quizá sólo las gaviotas eran las mismas de aquel viejo tiempo; reales testigos de los barcos que habían huido.
Una vez que llegó a la plataforma de embarque y desembarque, el inmenso océano azul se brindó ante su vista. Un edificio antiguo, que en aquellos años había sido el sitio de paso de los pasajeros de los buques, funcionaba como museo marítimo. Un poco más allá, había varios veleros particulares anclados. Frente a Mara, una pequeña explanada daba directo a unas piedras enormes, las cuales eran bañadas por el agua del océano. Sobre un costado, estaba el acceso original de los transatlánticos: inmensas naves acuáticas, que por esos días no se cargaban de almas tristes en busca de un nuevo porvenir, sino de millonarios que miraban al mundo con arrogancia, ignorando la historia de las piedras de Cherbourg.
El ingreso al lugar de anclaje de los transatlánticos estaba cerrado al acceso público. Mara miró a través del enrejado que cercaba aquel sitio. ¿El abuelo había estado ahí? ¿Ahí mismo? ¿Ochenta y cuatro años atrás? Estas preguntas le dieron a Mara una percepción diferente del puerto de Cherbourg. Se dio la vuelta y su mirada paso por unos pescadores ubicados en el borde de la plataforma. De inmediato sintió que nada de lo que había estado haciendo en esos dos últimos meses, había valido la pena. Tan sólo la llegada al puerto de Cherbourg se convirtió en el principio y el fin de la travesía. Miró el horizonte e imaginó los sonidos de aquellos días: qué extrañas imágenes que intentó ver, qué mezcla de murmullos y bocinas de buques intentó presenciar. Tomó asiento junto a las enormes piedras de la explanada y dejó que su cuerpo se moviera a la par del viento. El mismo viento de aquellas imágenes rodando en su mente.
Y Mara lloró. Pensó en los rostros, las esperanzas. Se vio como parte de ese maravilloso mundo europeo que estaba descubriendo y creyó entender un poco más, por qué tanta disconformidad en su interior con aquella lejana Buenos Aires. Y Mara lloró y deseó que Schlomo no hubiera tomado nunca la decisión de irse pero… ¿acaso hubiera estado ella en este mundo? No lo supo. No encontró respuesta, ni consuelo. Tampoco encontró los brazos de su padre, para observar junto a él el puerto acerca del cual Schlomo seguro le había hablado. No estaba ahí su padre.
Inmersa en el pasado y con la sensación de estar viendo la escena de cuando su abuelo dejó su Tierra europea, siguió con la vista el imaginario buque en el que viajaba Schlomo, hasta verlo salir del puerto y convertirse en un punto en el horizonte. Las sombras de aquella partida la habían esperado para ser observadas por sus tristes ojos. Y Mara estuvo allí, con el viento de ese mar prometedor mezclándose en su pelo y secando sus lágrimas. El círculo se cerró. Los ecos encontraron quien los escuche. Y Mara completó otra experiencia en ese viaje, la más valiosa quizá. La que tuvo más estrecha relación con su esencia.
Se fue por el mismo camino por donde había llegado. Plena de azul, de nostalgia. Las gaviotas, infinitas testigos en aquel puerto de Cherbourg, cortejaron su camino de regreso a la estación. Una bocanada de aroma de mar la despabiló: fue como un adiós a esa porción de tierra de su pasado. Mara volvió a subirse a las vías de un tren. Y siguió viajando.

1 de julio de 2009

Bolsas

Lleva unas bolsas sobre su espalda. Blancas, verdes, atadas unas con otras. Bolsas dentro de otras bolsas.
Se aleja caminando, bamboleándose, como luchando con el peso sobre su espalda, como si fuera una caparazón. Murmura la miseria que la cubre. Mira desde un par de ojos tan sensibles como el plástico que la rodea. No tiene victoria ni orgullo.
Sus pies encastran en dos andrajos que apenas se levantan del piso al caminar. Una porción de tela simula ser una falda para proteger del frío una parte de su cuerpo. O quizá tan sólo está allí, ajustada a su cintura, desde algún día en el tiempo, cuando comenzó a deambular. Lo mismo su torso; apenas cubierto por unos harapos.
Se percibe que es mujer por la deducción a simple vista de su cuerpo. Pero su rastro es mucho más complejo como para imaginarla con una única identidad. Es una persona, entonces tan sólo, afuera de la verdad de la vida. Carente de la energía de la que es parte.
Se aleja cada noche por la vereda vacía. Me sorprende con su murmullo cuando menos la llego a recordar. Y su cuerpo pequeño, arruinado, me conmueve en las entrañas y a veces hasta pienso en acercarme, y preguntarle hacia dónde va.
Pobre viejita, es el consuelo a mi corazón que la mira alejarse. Y me pregunto si tuvo hijos o si los soñó. La miro mujer, pobre viejita, que camina en la noche de esta ciudad maldita, que le da más frío a sus pies.
Que le da más bolsas a su caparazón.

26 de junio de 2009

Una buena vista

No ser. Ir más allá o retroceder. Decidirlo sobre la marcha.

Es una mañana sin Sol. Tomás cruza la plaza que le arrastra los pies todos los días. Elige uno de los bancos y se sienta. Allí la ve otra vez. La ventana alargada, las rejas negras de estilo colonial. La cortina blanca, separando al misterio de lo absurdo. El balcón francés de la derecha tiene hoy una maceta más. Tomás sabe que se trata de jazmines. Buena época para que florezcan, piensa.
En el balcón de la parte superior, se nota la caricia de la lluvia de ayer. El largo barandal luce más brillante.
Tomás agarra el dibujo que ha traído y lo sostiene en frente de su cara. Las columnas de la imagen parecen una copia de las que se ven más atrás, sobre los muros que rodean aquellas ventanas y los balcones. Desde el ático se debe lograr una buena vista, piensa Tomás. Y ahí va él, escapando de la plaza, de su banco. No encuentra el sonido que busca. No alcanza la imagen que sueña.

No ser. Volver más acá o alejarse. Decidirlo.

Las personas se desfiguran viéndolas a través de una burbuja. Tomás rueda dentro de su delgada pompa de jabón y sus ojos descifran los secretos que cubren las corazas. Así y todo, la burbuja resulta más impermeable que cualquier escudo que rueda por la plaza. Tomás no siente pies ni cabeza. Sólo se deja fluir. Desde el ático se debe lograr una buena vista. Entra por aquella ventana, sale por aquel balcón. Pareciera que una foto antigua de la ciudad se derrumbara ante su mirada. Los murmullos de la calle suben por una senda peatonal despintada. Tomás habla con las sombras de los que no ven, pero pasan.

No ser.
O volver a ser.

25 de junio de 2009

Abandonada











Una mujer desnuda
enroscada como un ovillo
escapa de algunos recuerdos.
Deja caer lágrimas de tormento.
Sus dedos caminan sobre su cuerpo
el afecto tan deseado.
Brotan sus poros en la piel lisa
de la juventud devastada.

Una mujer desnuda
y abandonada.

Una mujer que no cabe en el deseo que sueña
el viento lastima el calor que ella emana.
El camino en su espalda
recorre lento las curvas
se hunde en la cintura
asoma a la altura de una línea moldeada.
Dos pezones rosados
comprimidos en el centro de una blancura blanda.

Una mujer desnuda
y abandonada.

Una mujer que no encastra en el pasado
su vida deja de ser lo que fue.
Dos muslos suaves
alientan el impulso de las pantorrillas
a la punta de los pies.
Empujan el presente.

Una mujer en silencio
la respiración temblando.
Los dedos húmedos
en el centro profundo de su cuerpo.
Las manos buscan encontrar otra piel.

El cuerpo mujer del desnudo abandonado
se arquea suplicante.
El presente ríe satisfecho
late y se desvanece.

Una vez más
el pasado quedó detenido
en un llanto a medio caer.

14 de mayo de 2009

Sueño


La otra noche soñé con vos y es hermosa la sensación de "haberte visto". Era el cumpleaños de Giselle y no se bien dónde estábamos, pero estábamos esperando una sorpresa para ella, que ya todos sabíamos que era que venías vos, pero nadie decía nada al respecto. La sensación que recuerdo es que como que todos los años vos siempre venías para el cumple de Giselle, pero cada año aparecías de una manera distinta. Yo estaba con una especie de cámara para filmar el momento que llegabas (era una "especie" de cámara, porque era como una hoja de papel super fina y grande). Estábamos frente a una ventana y Giselle miraba para afuera, vos ibas a llegar de un momento a otro. Yo ponía la cámara por delante de Giselle, para captar su expresión cuando te viera. Llegabas en barco: el barco paraba enfrente de esa ventana. Vos estabas morocha (of course) y con el cabello corto. Después no recuerdo nada más, o creo que en ese momento ya me desperté. Pero la imagen tuya llegando en el barco, es la que más me generó esa sensación de "haberte visto".


Nunca dejo de pensar en vos: algo maravilloso pasó desde el momento en que escuché, allá por agosto del 2007, tu vocecita en el aeropuerto de Barcelona, gritando mi nombre para que te viera. Fue desde ese momento..