23 de noviembre de 2011

Todavía

No queda rastro de buenos recuerdos ni de alegrías. No quedan signos de buenas aventuras ni del despertar. No hay más que euforias que se desvanecen como torbellinos. No hay luz, ni vacio. No hay par. Guarda un prisma blanco que no reflecta ningún antojo. El cielo es plano en este derredor. Es como un robot con los brazos extendidos, mirando… Hay un cielo de estrellas infinitas rondando el límite de lo que alguna vez pudo ser.
Despojos.
No va más lejos que lo que el abismo permite. Volar, no es sólo sueño. Es pesadilla, también. Intenta ser bueno y llenar una sonrisa, pero sólo es un cuento… Uno de esos escritos en los aeropuertos, o en los puertos, justo en el momento que se debe volver.
Y ni siquiera hay luz, ni vacío. Es un poco más que el inicio de un temor. Toma la iniciativa para soplar un deseo y en el espejismo de verlo concreto, se sienta y escribe una vez más su oración. Una que no reza plegarias, telarañas, sino la que equivoca los sueños para vivir otra realidad. O quizá sea esa la verdad que rodea esta quimera. Viajera, certera, justo en el momento que todavía, es la palabra final.

14 de septiembre de 2011

Destiempo

No sé porqué tardamos tanto.
No sé de qué estás hablando.
De vos y de mí.
Sigo sin entender de qué estás hablando.
De que finalmente lo imposible que era tu cercanía, parece que se revirtió, pero así y todo, seguimos separados.
¿Te parece que vos y yo estamos separados?
No es fácil contestar esa pregunta. Tengo que…
No “tenés” nada.
Eso, voy buscando la expresión entre tu vuelo y el mío. Que a veces son tan iguales y a veces son tan distintos. Y así y todo, sé que estamos tardando en encontrarnos.
Vos y yo ya nos encontramos hace rato. Pero ya no uso la palabra “volar”. Ahora no se si vuelo. Seguimos a destiempo, lo ves?
No, aunque a veces sí. Pero a vos te gusta jugar conmigo.
Yo no juego a nada con vos. Ni con vos, ni con nadie.
Todo esto nos demora… Pero así y todo, nos encontramos.
Recién dijiste que estamos tardando en encontrarnos.
Sí, lo dije. Pero me acorde de algo.
¿De qué?
De tu cuerpo.

26 de agosto de 2011

En una vía de tren

Mi lugar ideal es donde haya una vía de tren, una que te lleve hacia alguna parte, pero que te traiga de regreso. Porque por algo ese es mi lugar, porque ahí quiero quedarme.
Una vía que se corte en el horizonte, como si acabara allí mismo y después hubiera tan sólo un misterio. Mi lugar ideal tiene que tener una bocina de vez en cuando que lo desconcentre, la bocina del tren, ese sonido imponente, presente. Que te recibe, pero que también te da un profundo adiós.
Mi lugar ideal tiene que tener un camino cerca, varios dentro, pero uno que sea el que te invite a caminarlo una tarde de otoño al atardecer. Un camino que lleve tu bicicleta hacia el oasis en las calurosas tardes de verano. Un camino que no te pierda, porque ahí cerca estará mi lugar, y siempre querré volver.
El misterio de una vía de tren. Donde todo está quieto alrededor y parece que aquel fuera el rincón más abandonado del planeta, con un pedazo de fierro atado al suelo. Aquel extenso camino brillante se interrumpe con la tenue vibración de la máquina que llega, su ímpetu, la firmeza de su andar. La melodía que produce y el dibujo del vapor como un velo de novia. Es como un eco lejano, que despierta una intriga, hasta convertirla en sonrisa. Una máquina que pareciera moverse por su propia voluntad. La locomotora no es más que una fuerza arrastrándose. Y cada vez se hace más nítida su imagen y su color. Y viene la hilera de vagones desparejos, descoloridos, bamboleándose al compás. Nada es tierra firme en el viaje sobre la vía del tren. Unas cabezas asoman por las ventanas, buscan la silueta esperada, la mirada anhelada, la brisa, un aroma que les indique si es ahí donde se tienen que bajar.
El tren se detiene y respira una bocanada de su propio carbón.

Mi lugar ideal es cerca de la vía de un tren. Inhóspito, como escondido debajo de la copa de los árboles. Un lugar al que se llega andando, sin siquiera buscar encontrarlo.
Mi lugar ideal drena el agua de la lluvia por el terraplén. Se convierte en una fresca tarde de primavera del otro lado de la ventana, empañada. O también desde un escalón desgastado de pisadas, con las rodillas al pecho y el rostro salpicado del rocío que trae el viento, como finas rebanadas de la lluvia que cae.
Cuánta plenitud es posible sentir debajo de una tormenta, frente a la vía de un tren. La mirada escuchando la lluvia, el reloj sin tiempo y los rieles infinitos cayendo como cascada de acero, allá a lo lejos…
Una estación de tren en mi lugar ideal del destino. Donde no hay comparación ni rivalidad posible, donde todo fluye como la lluvia misma, como la eterna vía, como el denso vapor, como el eco de una bocina que llega. Como el sueño feliz de la bienvenida y de no más profundo adiós.

23 de junio de 2011

Arco iris

A Nick, a Jackie
Y a Rosario
Ya te veo brillar, en tu escenario con el brillo del azul del mar. De a poco, a su tiempo, al tiempo verdadero, llega el destello que está guardado. El que comenzamos a ocultar con cada palabra que aprendemos, con cada gesto que practicamos, con las definiciones que nos inventamos. El resplandor anidado para no entorpecer el plan, ese que parece perfecto… “el plan perfecto”, como el titulo de una película, o de un libro. Y tan sólo se trataba de vivir.
El destello que enceguece lo natural. Aunque si nos animáramos a ser más naturales, todo sería una única luz, la nuestra, la innata. No paranoias, no miedos. Pero estudiamos otro manual, y gracias a su enseñanza nos asustamos cuando asoman los rayos de Sol. Y quizá si tan sólo miráramos a través del destello, nos daríamos cuenta que la armonía reina en nuestro mundo. El interior, el natural. Y no lucharíamos por querer ver lo que no se ve. Ese es el error de creernos enceguecidos por el destello. No estamos ciegos de tanta luz, sino adentro del mar en el que nacimos, pero desacostumbrados a ello.
Y entonces ahí te veo brillar.
Te veo y me veo.
Me veo hoy, como no me veía ayer.
Aunque estas palabras llegaron a mi alguna vez, para reeducarme. Y cuando no fueron palabras, fueron hechos, como el de reencontrarte. La luz se me seguía mostrando, naturalmente, tenía que verla.
Ver.
Darme cuenta.
Y todo a su tiempo, el tiempo natural. A medida que vas demoliendo las barreras te permitís ir avanzando.
Te imagino bailando, sonriendo sonrisas. ¿Hasta dónde llega tu sonrisa? Yo la descubro amplia y la encuentro en el reflejo de la mía. Amplias sonrisas, tan amplias que muerden las orejas. Más sonrisas que cualquiera. Estar en armonía. Vivir para vivir. Ya te veo ahí bailar.
Y vamos creciendo, encontrando el lugar, el de uno mismo. No hay planisferio que valga cuando encontrás el lugar. Vivir bailando, como cuando reis al cielo y decís “¿quién me quita lo bailado?”. Ahí mismo está la respuesta. Aceptar. No es suficiente darse cuenta que hay que darse cuenta. Si no aceptarlo. Y quizá alguna otra técnica más.
Y si hoy me tocara llorar, lloraría. Porque así lo vivo, lloro y río. No hay plan, hay sueños. Son más livianos, ¿no lo creés? Entonces soñamos y nos despertamos viviendo el sueño, o cambiándolo por otro. Los sueños son más livianos.
Yo, y quizá alguno más, te veo bailar, brillar. Con “b” de “buena”, “bonita”. Con palabras. Pero sin ellas también. Con silencio.
Sssshhhh…
Ahí está el escenario, con una sola luz iluminando el centro. La luz nace del suelo mismo y veo tu cara y la mía, sin esperar ningún aplauso, como suspendidas en una amplio arco iris, sonriendo.

10 de mayo de 2011

Fragmento

- No soy la luz, soy la oscuridad.
Le sonrió con ternura, a punto de aceptar sin más sus palabras. Pero contestó:
- ¿Qué es la oscuridad?
Vaciló un momento, dejó que la respuesta llegara a sus labios y habló:
- ¡Esto es la oscuridad!
- Esto me gusta.
- No, no te gusta. Pero lo elegís, sin embargo.
- ¿Qué te hace creer que yo…?
- Yo no creo nada – interrumpió.
- Entonces qué es lo que acabás de decir.
- Un decir, eso – hizo una pausa que ella acompañó. – Lo que pasa es que vos me tomás muy en serio.
Hubo otro silencio. La lluvia estaba cayendo cada vez con más fuerza.
- ¿Y cómo es?
Entonces él preguntó con curiosidad:
- ¿Cómo es la luz?
Le gustó esa pregunta. Permaneció callada, paciente. Y al girar la cabeza, encontró el rostro de él, observándola.

Sonrieron.

29 de marzo de 2011

Abril

Para empezar a escribir se necesita un personaje. Y una historia. Unas manos que la escriban sin parar y la pasión por llegar a un mensaje. O a una historia.
El personaje vive en un mundo que nace en un instante. Es el mundo de una historia en sí misma. Para poder escribir hay que viajar sin equipaje, armarlo en cada línea.
Para poder escribir me voy a donde no llego nunca. Viaje solitario del misterio de una noche. Y deseo quedarme encerrado en la cápsula de la imaginación, del sueño de vivir escribiendo una historia. No saber de nada ni nadie. No correr, ni caminar. Llenar la mente del ruido que no se escucha. De opuestos, de contradicciones.
El personaje es un borracho de alguna noche de putas. Camina a un ritmo desprolijo, desentonando con la vereda plana que se extiende debajo de sus pies. La botella vacía que lleva en la mano, hedionda de alcohol barato, es el soporte que sostiene su andar. El peligro acecha próximo a la esquina, donde deberá abandonar la pared y quedará echado a su suerte o mejor dicho, al poco equilibrio que le queda. Debe estar indigestado también. La cantina dos cuadras más atrás, dejó su olor a fritura barata impregnado hasta en su sombra. Eructa. Su cuerpo se retuerce al compás de aquella contracción del diafragma y emite un sonido sórdido, bestial, como de ultratumba. El sabor rancio del alcohol y la cena, se mezclan con el del sudor de alguna mujer que dejó su cuerpo rendido frente a este estropajo, sólo por recibir un par de billetes para completar su labor de aquella noche.
Está solo. El borracho está solo y no se atreve a sentir el dolor. Ha logrado olvidar su rostro por una noche para no conmoverse él mismo con la desgracia de alguien que no debe ser como ahora se lo ve. Ese “alguien” que madura cada idea, que desayuna su café y tostadas cada mañana, que ficha en su trabajo como el reglamento lo indica, que ha jurado lealtad a la bandera, que recibió educación y diplomas. Hoy es simplemente un borracho, para tapar los silencios de sus noches, para herir a ese corazón que late tan sano todos los días, que nadie reclama, nadie ve, pero todos conocen. Hoy, quien lo viera tirado en la vereda, temeroso de soltar la pared para cruzar la calle, no imaginaría que esos harapos más tarde entrarán al lavarropas y que su cuerpo desnudo podrá descansar sobre un mullido colchón.
Si algún día le faltara a alguno de los que hoy dicen jactarse de mi amistad, ese día sabrán entender lo que podrían haber hecho con mi sonrisa y con mis abrazos. Ese día me harán sentir más útil, mejor reconocido. Hoy todos se muestran amables conmigo, comprensibles, atentos a mis inquietudes o a mis ocurrencias. Pero todo lo descartan, todo sigue el curso que los aleja de mí, que me deja mirando solo el horizonte. Si algún día les falto hijos de puta, si algún día les falto sorpréndanse, o quizá hasta alguno se atreva a decir que suponía que esto iba a pasar. Laméntense mi desgracia, como no se la lamentan realmente con el corazón, hoy en día. Bríndense en mi ayuda como no se han brindado hasta ahora. Y jódanse, por haberme perdido para siempre.
La botella vacía es su único testigo. Las manos, en cada ir y venir por sobre su nariz, rejuntan el llanto que aflora por sus fosas nasales. Ya está cansado esta noche, pero satisfecho con haber arruinado un poco más aquella gloriosa salud que lo levanta cada día. Hasta que llegue el momento del fin, el momento en el que comience a llamarles la atención, a preocuparlos realmente.
¿Pero quién le ha dicho al borracho que ellos no se preocupan realmente?
Quizá se lo ha dicho su intención de acomodarlo todo bajo un solo punto de vista. Su persecución de la respuesta final. La necesidad del apoyo constante, de un abrazo, de la compañía. La búsqueda implorante de un destino que le haga ver que ha llegado a la meta. No se da pausa, no se relaja. No disfruta sus momentos. Y ahora, ebrio, es cuando se resigna a su pensamiento asesino de verdades. Deja que lo maneje a su antojo, que lo envuelva en mil y una vueltas, que lo enturbie. Se siente víctima de él y no pretende escaparse. Siempre ve la puerta abierta para huir, pero no la elige. Prefiere este dolor conocido del que después reniega y del que desea poder ser libre. Pero no lucha para eso.
Se compadece de sí. Se apena de su pena e intenta olvidarse del dolor que esto le causa, y así tomar alguna otra decisión más extrema. Pero no triunfa en su intento. Termina como hoy, borracho, olvidando o pretendiendo olvidar algo de lo que pasó. Se imagina libre de su presión de vivir dejando que la armonía lo rodee. Se piensa sonriente, viendo como el ritmo de los pasos se acoplan con avanzar, y no este enroscado camino de tropiezos y heridas que no maduran ni cicatrizan. Se ve atractivo, interesante, como hasta ahora nunca se vio. Se planta en su deseo de volver a vivirlo todo, todo en absoluto. Y ahí está, quieto en un presente del que no quiere ser parte pero que inevitablemente, lo obliga a vivirlo. Entonces vive. Obligado, aturdido, creyendo que todo pasará en algún momento y el dolor y el mal tino se irán. Y se irán con él y todo desaparecerá un día. Se verá a sí mismo a la distancia y al fin respirará sin agitarse en un llanto. Sentirá su cuerpo estremecerse y recién ahí, entenderá cómo debería haber sido.
Soledad. Eso es lo que hay en la esquina de aquella oscura calle, que espera ansiosa que el borracho se anime a cruzarla. Y aunque a veces parezca que hay silencio en la soledad, el borracho está aturdido. Lo aturden tanto los sonidos como la falta de ellos. Se quiere ir a alguna parte donde no tenga que estar a prueba, o por lo menos lograr no sentirse así.
El borracho sigue esperando. Que su vida cambie, que su suerte mejore, que sus amigos vuelvan; que la sal de sus lágrimas se endurezca sobre las mejillas.
Que la distancia entre acera y acera se achique, que no sea tan grande el abismo que su ebriedad tiene que cruzar. Logra dar un paso y luego otro, y otro más, y sin darse cuenta está caminando por los adoquines. Levanta un poco más el pie y sube la acera de enfrente, que lo recibe silenciosa, fría.

9 de marzo de 2011

Vuelve

El barco empezó a moverse y ella corría por los pasillos en sentido contrario. Debía salir, tocar el aire. Al fin pasó la puerta que la llevó al exterior: un nerviosismo se apoderó de su andar. La ansiedad de querer ver lo que no quería ver. Llegó hacia aquel extremo donde el motor rugía con fuerza, y el agua del mar se revolvía entre las hélices. Se frenó en la baranda y levanto la vista, que sólo buscaba una única dirección. La nave iba tan rápido… que enseguida pudo ver toda la isla por completo, alejarse. Ahí parada, sostenida por la baranda del barco, veía como la isla bonita se alejaba. El Sol chocaba su reflejo sobre el azul del agua, y hacía un poco más difícil sostener la mirada en alto, para despedirse. Estaba dejando una casa, un encuentro con la vida. No daba crédito a ese momento, inevitable, tristemente inevitable…
¿O felizmente posible de revertir?
Vivir la fantasía de la historia que cambia la historia. Tener el coraje para lograrlo. Muchas veces ha estado en el cuento de la mujer que logra despertar en el cambio de vida. La mujer que se perdona y toma las riendas del nuevo camino que elije. Hoy no es ese el cuento. Hoy se aleja, pone fin. Y un gracias por venir, por conocerte, se vuelven las palabras más injustas. Ese sentimiento es el que arranca sus lágrimas: la injusticia de no merecerlo.
Luego, hará un balance, se escuchará en silencio y sabrá que todo se merece en la vida. Que el corazón roto se ha fortalecido y curado para seguir latiendo. Que las ilusiones que lo llenaron hasta explotar, se renuevan. Que se puede volver a poner la hoja en blanco y confiar. Se llenará los puños de claridad para arremeter con lo que venga.
Pero será una historia.
Una que no sabrá cómo vivirla más que escribiéndola. No podrá con ella, no hará más que huirle. Llegará (otra vez) la historia que parece ser la verdadera. El nervio que trae la ansiedad de querer vivirla. Pero será sólo una historia.
Una que se disfruta trasnochando, para después arrepentirse de la noche que pasó. Una que se gana el lugar de privilegio en la almohada, para desvelar y que la noche pase, como el día, la tarde, la noche, y así…
Será un lindo cuento que no puede escribir, pero que lo refleja en su mirada. La misma que huye, la misma que ama. Vuelve… se escucha desde todas partes, desde todas las direcciones. Y hacia todos los sitios quiere volver. Todos son escenarios posibles. Todos y ninguno, ya ves…
Vuelve… por qué no vienes a vivir aquí… quédate… el próximo año… aquí te esperamos con los brazos abiertos… prueba un tiempo… qué pierdes… confiá.
La historia del todo por ganar y nada que perder. Aún no se la cree. Y aunque sí lo sabe posible, debe ser que no se lo cree. Si no, estaría viviendo el mundo. Ahora mismo. Y no estaría en ese barco, o en algún puto aeropuerto,
despidiéndose
como si fuera a no volver.

26 de diciembre de 2010

Otras cosas

No sé bien que es lo que pasa. O sí, lo sé. Lo sé demasiado bien. El fin de año, ese final que nos muestra el bendito calendario con el que regimos nuestras vidas, me saca mucha melancolía. Me saca balance, me saca análisis, me trae el recuerdo de los sueños de cuando empezó. Me vuelvo a sentir cansada, aburrida, frustrada (más de la gente, que de mi misma). Me pongo el espejo delante y veo mi sonrisa sin risa, sonrisa momentánea, sonrisa que esconde algún dolor, alguna sensación de vacío. Si quizá siento que me angustia la pena de mis sueños no alcanzados, menos me ayuda lo poco que me identifico con mi entorno. Amistad, política, deseos, son cuestiones por las que me relaciono con la gente, y todas me llevan a un debate que más que enriquecerme, me aleja por lo diferente que me siento con todos ellos.
Si bien me hacen feliz mis amigos de los dedos de una mano, y la soledad de mi casita muchas veces es mi mejor compañía, no hay muchas alegrías compartidas con quienes he querido alguna vez pensar, que podría compartirlas.
Si bien vivo sin dejarme embaucar por farsantes, y soy consciente de que vivo en una sociedad con leyes y normas, que siempre veré como inventos innecesarios en nuestras vidas, me involucro, sin fanatizarme, y me encuentro en un circo al que no tenía el más mínimo interés de asistir. Pero estoy, esquivando boludeces que hacen los actores para entretenerme. Y no puedo abrir la puerta y salir; o sí puedo, pero no quiero. Hay otros actores, los de mi propia vida, de los que no quiero alejarme y por los que elaboro cualquier plan de sobrevivencia y tolerancia, para conseguir levantarme cada mañana con la mínima satisfacción de que hago lo que quiero, y no lo que me quieren hacer creer que debería querer, defender. Pero el circo es muy grande y está lleno de gente mediocre, soberbia, corrupta, ambiciosa, ingenua, ciega. Mezclados, los que hacen el show y los que los aplauden, o en los peor de los casos, los adulan.
Si bien los deseos son el motor de cada día, cada vez es menos espontanea la salida de ellos al exterior. Más medida, para no quedar expuesta al abandono por querer compartir, proyectar, jugar, explorar. Tengo un deseo visible porque me sale por los poros, las pestañas, y nadie, absolutamente nadie, desea mi deseo. Entonces mucho más no puedo seguir, porque mi deseo es para compartir, crecer compartiendo, elaborando, brindando. Aceptando. Es un deseo de decir lo que pasa y no ponerle prejuicios, relajarse. Y como todo es parte de un todo, mi ansiedad de deseo por salir, se vuelve torpe, porque el todo del que es parte, observa demasiado su expresión, y lo inhibe. Lo hace artificial, medido, ansioso. Mi deseo se torna cada vez más ansioso, menos divertido. Casi casi imposible. Casi… por eso sigo, sueño, renuevo el deseo, la apuesta. Y me hago cargo de mis desbordes y busco encontrarme el eje que dosifique lo que doy de mí.
Así y todo, llega el fin de año de este calendario y el gesto que mejor me sale, es el de gratitud. A muchas personas, experiencias. Todo suma, aporta al crecimiento, al goce de la vida. Que el goce con matices es más rico, más sabio. Llego tropezando, muchas veces con la misma piedra y sin comprender, cómo puede ser que no me haya dado cuenta, o que no haya intentando hacerlo distinto esta vez. Preguntas sin respuesta, que se vuelven poesía en un papel.
Agradezco a mi coraje que me llevó a dar el gran paso para salir del nido.
Agradezco a los amigos, a los de los dedos de una mano, que empujaron a mi coraje para que me empuje a salir (no sólo del nido, sino de tantas otras).
Agradezco a mi responsabilidad, que me llevó a sostener un puesto de trabajo que me ayuda a sostener esta vida de normas y calendarios.
Agradezco a mis padres y a mi hermana, por hacer honor a ese título que tienen en mi vida, con los gestos más amorosos que estos vínculos pueden dar.
Agradezco a mi Jacqueline, por darme su energía a través del océano, que sin más explicación que la pura felicidad y un puro amor, logra hacerme más liviano este camino.
Agradezco a mi pasión, mi arte, por no abandonarme, por estar siempre esperando que lo quiera usar, para sentirme libre y en armonía.
Y así y todo no sé bien qué es lo que pasa.
Pero ya lo dijo Lennon: es la vida lo que está pasando, siempre.
Mientras nos ocupamos de hacer otras cosas.

9 de diciembre de 2010

Duelo

Tengo tres hombres
sus cabezas inclinadas
apoyándose una con la otra
Tengo tres hombres
y un solo corazón
rasgado, desgarrado
Son tres hombres
soñando el sueño que no quieren soñar
que no ensayaron
Tengo tres hombres
y sus lágrimas rodando
Tengo una herida
de mi propio sueño
no ensayado alguna vez
que abre su cicatriz
Tengo tres hombres
abrazados
los tres adultos
y niños a la vez
siguiendo la sombra de una mujer.

Tengo tres hombres
en la retina de este día sin reloj
de línea recta en los labios
de pensamientos lentos
de silencios en la mirada
en un abrazo
de te quiero sólidos como una piedra
de manos
caricias
del último y más recordado “perdón”.

Tengo tres hombres
y a uno de ellos muy cerca del corazón
Tengo mis manos
caricias y sonrisas a su disposición
Tengo lo que sólo un lazo
que no ha cedido durante años
puede conservar intacto hoy.

Y tengo las palabras
para exorcizar el dolor
para acomodar lo que veo
vivo
y así reacomodar lo que sigue
después del duelo
del dolor.

25 de octubre de 2010

Ser

Así funciona
la Tierra gira y amanece
vienen las gaviotas
y cualquier otra ave,
a descubrir la aparición del Sol
sobre el horizonte.
El gallo canta, anunciando
desde mucho antes que aclare la noche
la llegada del nuevo día.

Así funciona
cuando la brisa es brisa
suave y fresca
huele bien.
Acaricia la piel
que da gusto sentirla.

Así es como esto funciona
amanecer, contemplar
la Tierra gira
la vida se mueve
se genera y regenera.
Echarse con la mente calma
como es
como debería ser.
Natural
como un batir de alas
como el ladrido de un perro
o el cantar del gallo.
Como las olas
las del mar o las de un río.
Amanece
o cae la tarde
o la lluvia.
Brilla un relámpago.

Así funciona.

Así es como intenta explicarlo nuestro reflejo, cansado. El que nos llega cuando no queremos ver. Cuando no queremos parar ni a respirar. Por eso ahora, respiro. Inmóvil, con el dolor de un humano que deshumaniza todo lo que lo rodea. Pero encontrando la calma que la propia vida intenta mostrarme que existe. Porque la vida es calma, es goce. Quizá algún día sufra menos hasta a la propia muerte. El día que el goce natural de la vida me llegue y sea uno con él, ese día la muerte me resultará parte de la vida. Realmente lo veré.

Porque esto es lo que es.















Un movimiento circular, una rotación, un solo movimiento que nos encuentra en el mismo momento de goce que el de ayer. La vida como parte de la muerte, y también al revés.

Así funciona.
Así es.